Los cuencos del perro o del gato son, junto con la cama, lo que más se usa cada día, y sin embargo están entre las primeras cosas que se olvidan al limpiar. Con el uso se forma una fina capa resbaladiza en el fondo, y el agua que se queda mucho tiempo acaba oliendo de otra manera. Un lavado regular con agua caliente y un poco de jabón suave lo evita sin ningún esfuerzo especial.
Conviene tener dos juegos de cuencos, o al menos un recambio, para que uno se seque mientras el otro se usa. Así el animal nunca se queda sin su rincón para comer y beber, y tú no tienes que lavar con prisas justo antes de la comida. Aclara bien el jabón, porque los restos pueden dar mal sabor al agua y hacer que el animal no quiera beberla.
El suelo alrededor de los cuencos
Casi todos los animales salpican al beber y dejan migas fuera al comer. Una esterilla de goma o de tela lavable debajo de los cuencos recoge ese desorden y protege el suelo de las manchas de agua, sobre todo si es de madera. Elige una que pese un poco o que no se deslice, para que el cuenco no se mueva cada vez que el animal empuja con el hocico.
Sacudir la esterilla fuera de casa es cosa de un momento. De vez en cuando, lávala con agua y jabón y déjala secar por completo antes de volver a colocarla, porque una esterilla húmeda huele mal y se pega al suelo. Pasar un paño húmedo por la zona de debajo evita que la suciedad se acumule en los bordes.
Si el rincón de comer está cerca de la cocina, procura que no quede justo en el paso de todos. Un lugar tranquilo, junto a una pared, es más cómodo para el animal y para quien pasa por allí con las manos ocupadas.
Con estos pequeños cuidados, el rincón de comer se mantiene siempre limpio y ordenado, y el resto de la casa lo agradece.